Viernes, 17 Enero 2014 10:48

De la polarización a la paralización

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A raíz del conflicto vecinal en el barrio de Gamonal en Burgos (España) se nos presenta la oportunidad de reflexionar acerca de las dificultades y oportunidades que se dan para llevar una disputa hacia el diálogo como herramienta de transformación de la relación entre las partes.

Todo conflicto comunitario es un reflejo de que algo bulle en una sociedad. Cuando el conflicto latente se materializa, se hace visible y, en ocasiones, explota es el momento en que quienes sufren, de una manera o de otra, las consecuencias del enfrentamiento se plantean hipótesis acerca de su solución. Casi todos acuden a la retórica del diálogo como pócima mágica que solventará, en el último momento, los síntomas de la enfermedad. Sin embargo, esta pócima para la búsqueda del consenso difiere según quien sea el autor de su fórmula magistral. Aunque siempre hay un ingrediente común: la razón. Y no la razón entendida como lo razonable, lo legítimo, sino ese elemento abundante y en el que, como se suele decir, todos estamos de acuerdo en creer que tenemos suficiente. 

Tener razón es el primer obstáculo para la construcción del consenso e impide un enfoque profundo para no sólo atacar los síntomas sino enfrentarse a la propia enfermedad. Significa, habitualmente, alejarse de las posiciones del contrario, polarizar la situación, comprometerse con nuestra visión del mundo hasta el punto de no admitir otra perspectiva y, como colofón, terminar en parálisis permanente.

Al menos hasta que las partes admiten la imposibilidad de mantener los costes que el conflicto arrastra y modificar sus hipótesis, basadas en la inflexibilidad, hacia los puntos de encuentro. Que los hay, incluso entre enemigos irreconciliables. 

Traducir esos puntos de encuentro en compromisos es una tarea difícil pero posible. Basta con emplear tiempo y esfuerzos para llegar, como base, a un acuerdo de mínimos, alentado por el coste social, político o económico que supondría no alcanzarlo. Pero no siempre es lo adecuado.

Si coincidimos en que el conflicto manifiesto en un barrio, organización o familia no es más que el síntoma de algo más profundo, de una desconexión entre las partes, el compromiso, aunque siempre positivo, puede no ser suficiente. Irremediablemente, a una disputa le sucederá otra, cada vez más encarnizada, hasta que una de las partes se de por vencida o las mismas se acomoden a esta situación de confrontación.

Es entonces cuando hay que sustituir la palabra acuerdo o compromiso por otro concepto de mayor ambición, profundidad y alcance. Olvidarnos, como medida prioritaria, de alcanzar acuerdos y concentrarnos en transformar, desde su base, la relación entre los miembros que conforman el grupo. Pasar del diálogo, como mero intercambio de propuestas, al diálogo con ánimo transformativo que cambie la calidad de la interacción, que mediante una escucha comprometida elimine ideas preconcebidas, que interrumpa los patrones del conflicto y modifique las perspectivas de cada parte. Si entendemos el proceso como un viaje hacia el mutuo conocimiento, entendiendo todas las preocupaciones y abriendo la puerta a nuevas soluciones, entonces el acuerdo llegará por sí mismo.

Sabemos que no es sencillo, supone compartir una misma ruta, alejarse de las presiones del momento y las tentaciones de la victoria pírrica y, en muchas ocasiones, confiar en que otro tome la riendas del proceso. Ese alguien, un mediador, un facilitador, un neutral, con paciencia sabrá encontrar el viento a favor que llevará la nave hacia aguas más tranquilas. 

Conoce algunas claves del diálogo transformativo en esta conversación dinamizada por Joseph Folger

 

 

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Ignacio Martínez Mayoral

Editor en The Negotiation Club y facilitador en divergentia::la oportunidad en la diferencia

www.divergentia.es

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