Miércoles, 09 Julio 2014 17:12

Pegar es más que ir a por la pelota

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La realización de tareas de mantenimiento del hogar que a lo largo del año, por pereza o falta de tiempo, se van postergando hasta encontrar un momento de inspiración o por la amenaza de que esas tareas pendientes hagan peligrar la estabilidad familiar parece más propia de esta estación.

En esas estaba, armado con brocha y buenas intenciones que compensaban la falta de habilidades para la chapuza doméstica, cuando llega hasta mis oídos la conversación que tiene lugar entre un padre y su hija en el pequeño parque de juegos que se ve desde la ventana de la habitación que espera recibir un lustroso cambio de imagen.

Una frase me llamó la atención y me hizo aparcar mi tarea para seguir con atención la animada charla.

“Pegar es más que ir a por la pelota”, le repetía la hija a su padre.

Intrigado por tal afirmación conseguí reconstruir la acción previa que mostraba a nuestra protagonista jugando con un amigo o, quizás, hermano con el objeto de la discordia. En un momento determinado, la pelota escapa del control de los jugadores y se pierde unas decenas de metros más allá de los límites del campo. Se inicia entonces la discusión que todo niño o niña que se precie ha protagonizado alguna vez: ¿a quien le toca ir a por la pelota?

Ninguno de los dos parece dispuesto a recorrer esos metros para devolver el balón al sitio que le corresponde por lo que de la confrontación verbal se pasa a medidas más categóricas con resultado de agresión por parte de uno de los contendientes hacia su, es un suponer, hermana pequeña.

Ante los lloros y lamentos de la víctima de tamaña afrenta, el padre, que hasta el momento disfrutaba de unos momentos de tranquilidad, interviene entonces y asume el papel de árbitro de la disputa. Pero, para sorpresa de la afición (me refiero a mi mismo, por supuesto) no sólo no sanciona con tarjeta amarilla o roja al infractor sino que se pone del lado de quien ha elegido la violencia para hacer valer su postura con el argumento de que “si hubieras ido a por la pelota, no te habría pegado”.

Es entonces cuando la frase “pegar es más que ir a por la pelota” aparece por primera vez en el campo de juego.

Nuestra protagonista acaba de hacer un descubrimiento que le acompañará durante toda su vida y que, lamentablemente, en no pocas ocasiones le generará frustración.

La misma frustración que ahora estaba sintiendo al toparse con la aplicación injusta del criterio de proporcionalidad al comparar dos hechos que pudieran ser reprobables pero que manifiestan diferentes niveles de intensidad o gravedad y comprobar que ambos son sancionados de la misma forma o, lo que es peor, la conducta que debía recibir una mayor reprobación se va de rositas. 

“Pegar es más que ir a por la pelota” resume de modo inteligente la necesaria proporcionalidad que debe observar quien ostenta la labor de administración de justicia en una disputa. Si no hay proporcionalidad no habrá equidad y, por lo tanto, tampoco justicia. 

Pero la historia sigue y no a mejor, precisamente.

Ante la respuesta lastimera de la niña el padre opta por una serie de decisiones arriesgadas para restaurar la paz. En este orden, hace valer su autoridad (“obedece y vete a por la pelota), acompaña su argumento con una amenaza (“si no vas a por la pelota te quedarás sin piscina”), prosigue con más amenazas (“si no vas te quedarás toda la tarde sola en tu habitación”) y finalmente, vencido por el empecinamiento de su adversaria, prueba tímidamente con un razonamiento colaborativo (“si te portas bien, yo también me portaré bien contigo”).

La percepción de injusticia genera en la presunta víctima sentimientos encontrados. Aún intuyendo que su conducta debe ser sancionada de alguna manera, una simple regañina podría valer, recibe un castigo que excede los limites de su merecimiento, se justifica la conducta de quien ha ejercido la coacción y percibe que de víctima ha pasado a ostentar la mayor cuota de responsabilidad en la disputa por lo que debe ceder ante las amenazas de quien, en teoría, debe impartir justicia. No es de extrañar la resistencia de la niña a cumplir con los requerimientos de su progenitor que, además, comete un error habitual en la gestión de disputas: argumentar con amenazas que difícilmente se pueden cumplir.

Una amenaza suele ser un arma de doble filo, puede funcionar a corto plazo, si se cuenta con el poder suficiente para aplicarla, pero si se utiliza de modo recurrente pierde peso y queda como un farol que resta credibilidad a su autor. Salvo que esté justificada, bien medida y su aplicación no genere más daño que el beneficio que se espera obtener, una amenaza es poco recomendable.

Finalmente, vencida quizás por la insistencia de su progenitor o por la perspectiva de una tarde sin piscina, nuestra protagonista accede a recoger el balón pero al hacerlo no deja de mostrar su incipiente rebeldía ante la injusticia clamando “pegar es más que ir a por la pelota”. 

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Ignacio Martínez Mayoral

Editor en The Negotiation Club y facilitador en divergentia::la oportunidad en la diferencia

www.divergentia.es

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