Domingo, 27 Octubre 2019 11:00

El ciclo de la dependencia

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Negociamos porque somos conscientes de la imposibilidad de lograr nuestro propósito sin la colaboración de otra u otras personas. Necesitamos algo que la otra parte nos puede proporcionar y, en teoría, disponemos de algo que también la otra parte necesita para sus propios objetivos. Si contamos con buenas bazas podremos hacer uso de ellas a través del intercambio pero si lo que disponemos no tiene un valor significativo para esa otra parte nos veremos obligados a renunciar o a sacrificar más de lo que hubiésemos deseado por alcanzar nuestra meta.

Si lo pensamos bien, el elemento central de la negociación es el concepto de interdependencia. Negociamos por la dependencia mutua. Aunque casi nunca es simétrica, siempre hay alguien que posee algo de más valor, la interdependencia debe ser el primer peldaño a estudiar en la escalera de la preparación. Y en relaciones donde no es posible obviar la negociación suele atravesar diferentes etapas.

Pensemos en las relaciones laborales. Pese a que un empleado siempre puede optar por otra organización o la empresa por otro empleado, si lo vemos desde un punto de vista global la negociación entre empresa y empleados recorre diferentes estados de mutua dependencia. Hay momentos en que la relación está más equilibrada y otros en que claramente una de las partes adquiere un papel más dominante. Siempre estarán obligados a negociar pero al ser conscientes, de forma objetiva, del momento que atraviesa su relación la negociación avanzará de forma más eficiente.

Sucede igual en el ámbito familiar. La interdependencia entre padres e hijos es una constante en continuo movimiento que depende mucho del ciclo de la vida. En el momento del nacimiento hasta que llega a la pre-adolescencia, el niño o la niña depende de sus progenitores básicamente para todo. La relación es asimétrica, las decisiones se imponen por parte de los padres en los aspectos clave, desde la educación a la salud. Eso no quiere decir que no haya diálogo y empatía o cierta manga ancha en temas secundarios, pero las decisiones sobre los temas importantes son verticales e impuestas. O, al menos, deberían serlo. Cuando se llega a la etapa de la adolescencia, se inicia una relación de interdependencia, en la que habitualmente ni unos ni otros están cómodos. Mientras que unos, los padres, querrían seguir imponiendo sus decisiones, los otros ansían un mayor grado de libertad y la toma de las riendas de su vida, en todos los aspectos. Pero, pese a la inevitable pugna, ambas partes, en su fuero interno, son conscientes de que se necesitan mutuamente. Ni los padres pueden imponer sus decisiones, por ejemplo en materia de estudios, sin asumir un coste importante en la relación en caso de que la decisión no sea compartida, ni los hijos pueden asumir el peso de sus decisiones sin contar con lo que los progenitores aportan, seguridad económica entre otras cosas. Es por ello que en esta etapa se dan los principales conflictos, más allá de otras variables. Las situaciones de interdependencia son incómodas por si mismas ya que requieren de un alto grado de empatía y de conciencia de vulnerabilidad.

Pero la situación, como decía, sigue avanzando. Pasada la etapa adolescente, si todo va bien, llega la independencia. La necesidad mutua desaparece y cada uno hace su vida, en lo que respecta a decisiones esenciales. Hasta que llegan los nietos y se inicia un nuevo periodo de negociación. Los nuevos padres necesitan de los abuelos para la ayuda en el cuidado de los recién llegados, con nuevas necesidades relacionadas con el tiempo o la economía. Las decisiones que se toman empiezan a afectar a ambas partes y se toma conciencia de que esta nueva interdependencia también da paso a nuevos conflictos, que recuerdan a épocas anteriores.

Y en la última etapa de la vida, en muchas ocasiones son los padres lo que necesitan más de los hijos dando lugar a una relación de dependencia donde decisiones importantes son tomadas por quienes, al principio del juego, se encontraban en la posición inversa.

Como sabemos, la negociación nunca es estática, su dinamismo implica ser consciente no sólo de lo que necesitamos y de lo que podemos ofrecer sino también del valor de ambas variables que conforman el grado de dependencia entre quienes negocian. 

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Ignacio Martínez Mayoral

Editor en The Negotiation Club y facilitador en divergentia::la oportunidad en la diferencia

www.divergentia.es

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