Jueves, 17 Enero 2013 11:07

Mediar por principios

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En el complejo mundo de los conflictos es siempre aconsejable, cuando no determinante, dejarse conducir por el camino hacia la resolución por las enseñanzas agrupadas entorno a los llamados principios, los puntos cardinales en el complicado mapa de las diferencias.

La mediación, como no podía ser menos, es una disciplina que en su labor de asistencia en conflictos requiere de principios. Suficiente literatura hay al respecto donde numerosos autores han aportado su granito de arena para que quien practica esta herramienta, por profesión o por obligación, pueda sentirse más seguro y arropado por una guía que modele el proceso.

De todos estos principios, me quedo con tres, no necesariamente los más importantes, que constituyen un faro que debería alumbrar la navegación hacia tierra segura y que podemos abordar como respuesta a tres preguntas fundamentales.

¿Quién da más?

La negociación se basa en el intercambio y la mediación, como negociación asistida por un tercero que es, igualmente se rige por el principio básico de reciprocidad. La diferencia que podemos encontrar entre ambas disciplinas, desde este punto de vista, es el papel que el mediador que juega en su tarea de detectar invitaciones a la reciprocidad.

Muchas de las técnicas empleadas en los procesos de mediación tienen que ver con este objetivo. Con el reconocimiento, por ejemplo se busca lograr que las partes admitan los méritos del otro, que se valoren, aunque sólo sea a un nivel básico, como garantía inicial de éxito.

El mediador debe estar atento a estos detalles, a concesiones no devueltas, a gestos no correspondidos, a palabras que no encuentran homologación en las de la otra parte. Incluso en las situaciones más complicadas, una sencilla muestra de reciprocidad puede ser la llave de cerraduras oxidadas por la falta de uso.

¿Hasta dónde comprometerse?

El compromiso de las partes con el proceso es el gran logro al que todo mediador aspira. Y una de las claves para éste podemos encontrarla girando la cabeza hacia la psicología social y adaptando uno de sus paradigmas a nuestra disciplina.

El paradigma de la justificación del esfuerzo es de fácil identificación en la vida cotidiana. Por ejemplo, muchos de quienes visitamos la Exposición Universal de Sevilla en 1992 aprendimos, además de conocer otras culturas, a cultivar la paciencia, como rasgo fundamental de nuestro carácter.

Los más aclamados pabellones gozaban del dudoso mérito de ser los que requerían un tiempo mayor de paciencia para acceder a sus instalaciones y así lo anunciaban a lo largo del recorrido que precedía a la entrada. Recuerdo algunos pabellones que indicaban en determinados puntos el tiempo restante de espera para acceder a la muestra. Eso sí, la indicación de tiempo se hacía una vez recorrido más o menos la mitad del tiempo total. Es decir cuando llevabas pongamos 30 minutos de espera, aparecía el aviso en términos similares a un “le quedan aún 30 minutos más de paciencia”.

En ese momento se planteaba el dilema a los visitantes, ¿seguir en la cola? ¿o abandonar?

Seguramente, la indicación al principio del recorrido de una espera total de 60 minutos haría optar a muchos por el abandono pero si ya se ha invertido la mitad del tiempo, es probable que se decida seguir, aunque sólo sea por no perder lo que ya se ha dejado atrás. El tiempo a invertir es el mismo pero la percepción es totalmente distinta.

Algo similar ocurre en todos los procesos que requieren la participación activa de quienes los integran. De esta manera, en un proceso de mediación es fácilmente entendible que las partes evalúen la inversión de tiempo y esfuerzo que han de realizar para llegar a un resultado.

Si el proceso se plantea como algo pesado que va a exigir el máximo de las partes, es probable que el resultado no sea el esperado. Si planteamos el proceso como algo que se irá descubriendo, sin adelantar información relativa a la duración, número de sesiones… conseguiremos el compromiso poco a poco hasta llegar a un punto en el que las partes valorarán la inversión y, aunque sea sólo por no desperdiciarla, optarán por llegar hasta el final.

¿Quién lleva el control?

Puede ser un tema polémico en círculos profesionales dado que mientras numerosos profesionales son de la opinión de que el principal papel que juega el mediador es el del controlador del proceso, para otros la intervención debería reducirse al mínimo incluso, siempre que sea posible, en la propia gestión del proceso de mediación.

Habitualmente, el mediador es quien dicta el cuándo, el donde, en cuánto tiempo e incluso el quien estará presente. Sin embargo, en ocasiones, una labor excesivamente controladora puede resultar contraproducente.

Si volvemos de nuevo la vista hacia la psicología no podemos obviar el llamado locus de control. Para determinadas personas, cualquier acción que emprendan, para asegurar su éxito, debe ser controlada por ellas mismas, no pueden admitir que nadie interfiera en su camino. Otras, sin embargo, prefieren achacar el éxito o fracaso de sus acciones a factores externos, a veces incontrolables, por lo que, en la práctica, son más partidarios de no intervenir en aspectos formales, dejando en manos de profesionales la gestión del proceso.

Mientras que los primeros necesitan sentir que controlan el proceso, los segundos necesitan ser, simplemente, partícipes del mismo.

El mediador, debe valorar si su papel, atendiendo a las demandas de los involucrados en el conflicto que tratan de resolver, es la de un gestor o la de un observador.

Aunque también existe una tercera vía que representa un gran reto. Hacer que las partes se sientan que son responsables del proceso, mientras que el mediador supervisa su cumplimiento. Conseguir que todos sean co-responsables.

Lo más apreciado para un mediador es observar cómo las partes, antes enfrentadas, llegan a un acuerdo sin que el mediador haya tenido, de forma visible, que hacer gran cosa. Simplemente, estar ahí. Que no es poco.

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Ignacio Martínez Mayoral

Editor en The Negotiation Club y facilitador en divergentia::la oportunidad en la diferencia

www.divergentia.es