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Miércoles, 24 Septiembre 2014 00:00

¿Se puede negociar la identidad?

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A poco que prestemos atención a la actualidad no nos sorprenderá la existencia de un buen número de conflictos que tienen en común la defensa de la propia identidad, del individuo o del grupo en el que se incluye, ante las amenazas de supuestos o reales enemigos. A este respecto me gustaría comunicar dos noticias: una buena y otra mala. ¿Por dónde quiere que empiece?

Como no podía ser de otra manera, comenzaré con la mala noticia: los conflictos de identidad tienen la capacidad de tomar el camino equivocado dejando tras de sí una huella de destrucción tan apreciable que hará casi imposible reconducir la situación hacia la senda de lo razonable. Son difíciles de gestionar y casi imposibles de erradicar. 

Nada que usted no supiera.

Basta echar mano de la historia reciente de conflictos donde la identidad ha jugado o sigue jugando un papel relevante: el enrevesado conflicto en Oriente Medio, el desmembramiento de la Unión Soviética y posterior enfrentamiento entre algunas de sus repúblicas, los Balcanes o los recurrentes conflictos en África Central, por nombrar una ínfima pero dolorosa representación. Y eso sólo si nos fijamos en conflictos de alta repercusión mediática (al menos, en momentos puntuales) que se saldan con un gran número de víctimas. 

Si ampliamos nuestra visión a otras disputas también nos encontramos la efervescencia de reclamación (o negación) de derechos por diversos grupos o individuos atendiendo al concepto de identidad: procesos secesionistas exigiendo nuevas fronteras, pueblos indígenas reclamando su derecho sobre los recursos, el mantenimiento de tradiciones que suponen maltrato de animales, dudas sobre la conveniencia de que una mujer dirija una selección masculina o el movimiento para relevar a los timoneles políticos en un país. De nuevo sólo unos pocos ejemplos que nos dan pistas de que la identidad no se compone de un sólo factor sino que podemos encontrar múltiples variables vinculadas a nacionalismos, etnias, razas, religión, diferencias de género, cultura o política por nombrar sólo algunas. 

Convendría aclarar qué entendemos por conflicto de identidad.

Un conflicto de identidad tiene lugar cuando una persona o grupo siente que su identidad (su yo) se ve amenazada, se le niega legitimidad o no se le otorga el suficiente respeto. Este sentimiento es tan importante, de hecho la identidad es catalogada como una necesidad humana básica, que cuando se percibe una amenaza lo más probable es que se produzca una respuesta inmediata de defensa o agresión que puede escalar rápidamente en un conflicto intratable.

Como decíamos al comienzo del artículo la mala noticia es que los conflictos de identidad son difíciles de resolver y lo son porque, entre otros, concurren dos factores.

Por un lado, una visión del otro en la que se atribuye al oponente un carácter de maldad y cinismo y en la que sus puntos de vista no son merecedores de nuestra atención. En mayor o menor medida, se relaciona al oponente con la imagen del “enemigo” al que hay que derrotar y con quien, debido a su personalidad malvada, una respuesta extrema está justificada. Está visión obviamente no es admitida por el otro y, en justa reciprocidad, responderá de igual modo a su oponente. Incluso este factor puede ser, en sí mismo, el constructor de la propia identidad. Por poner un ejemplo, podemos recordar el nexo de unión de los distintos pueblos que formaban la antigua Yugoslavia. Pueblos que étnica, cultural o religiosamente tenían poco que ver entre sí pero que compartían una identidad común basada en la oposición hacia la Unión Soviética y su sistema de sometimiento. Una vez desaparecido el enemigo la conexión principal se rompe y da lugar al terrible enfrentamiento con resultados conocidos. En este caso, y en muchos otros, la identidad se sustenta en el anti-(oponente, sistema, religión, cultura….)

Por otro lado, otra característica importante es la victimización, la concepción de sentirse permanentemente oprimido y dominado por otros que impide que mi identidad se desarrolle libremente y que se vea supeditada a la voluntad de los demás. Ese sentimiento, directamente relacionado con los procesos de atribución, genera frustración y reacciones defensivas que conducen hacia un círculo vicioso del que es difícil salir. 

Además, para complicar aún más las cosas, los conflictos de identidad se relacionan muy bien con otros conflictos, especialmente aquellos en que se disputan unos recursos habitualmente escasos. En estos casos, cuesta delimitar la frontera y establecer dónde empieza uno u otro tipo de conflicto. Lo que para uno es defensa de su identidad, que considera innegociable, para el otro es una controversia por el reparto de recursos, un conflicto de interés que puede negociarse hasta alcanzar un acuerdo mutuamente satisfactorio.

Y aquí nos topamos con la buena noticia: a pesar de que la identidad no es negociable tenemos otras herramientas con las que trabajar. 

En asuntos de identidad, una vez que detectamos que el problema reside ahí, el único vehículo es el diálogo dirigido hacia la transformación de la relación entre las partes. Un vehículo que debe recorrer un camino laberíntico, sinuoso y bordeado por profundos precipicios. Y para que el conflicto se conduzca por esta carretera necesita de un poderoso combustible: el reconocimiento mutuo. Reconocer las identidades ajenas, valorar su complementariedad, borrar barreras, encontrar elementos comunes y eliminar prejuicios y estereotipos es una labor ardua que debe ser llevada a cabo empleando todo tipo recursos. Facilitar el diálogo entre las partes es un objetivo que puede hacer más sencillo el intercambio de narrativas mutuamente excluyentes.  

Pero cuando el conflicto de identidad está profundamente incrustado en la vida de quienes lo protagonizan es necesario recurrir a una solución radical: la educación en edades tempranas.

Por ejemplo, hace años se llevó a cabo una experiencia en Israel organizando talleres de diálogo transformativo entre jóvenes judíos y palestinos para analizar el impacto de este diálogo en las percepciones mutuas. Como era de suponer, al inicio los jóvenes arrastraban una imagen del otro sumamente estereotipada, en su sentido más negativo. Una vez analizados los resultados de los talleres, comparando cuantitativa y cualitativamente las percepciones de ambos grupos, se comprobó una sustancial mejora en la visión respectiva de ambos grupos de estudiantes y una disposición más positiva hacia el otro.

Extender estas experiencias entre comunidades enfrentadas puede actuar como semillas de un futuro entendimiento. 

Leer 7247 veces Modificado por última vez en Miércoles, 24 Septiembre 2014 11:28
Ignacio Martinez Mayoral

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Responsable de The Negotiation Club.
Facilitador, formador, mediador.

Sitio Web: www.the-n-club.com